Héroe de mierda



Esta historia que les voy a contar no me pasó a mí, sino al amigo de un amigo.

Ese amigo se llamaba Juan Camilo Arismendi Peñaloza, quien, junto a su hermanita Iris Mar del Valle (Arismendi Peñaloza), fue enviado a un pueblo recóndito, tan recóndito que decían que fue ahí donde el diablo olvidó los calzones.

En la casa a la que llegaron vivía una dulce abuela con aspecto de bruja, junto a Chaney, su fiel y chandoso perro, muchas gallinas, varios puercos y un pavo odioso llamado Paco, quien solía disfrutar verlos correr llenos de espanto, temiendo que les zampara un picotazo en el cogote.

Ahora bien, la abuela no era cualquier abuela; era una prima de su abuela paterna, quien se llamaba Rosa Amelia, pero a quien cariñosamente llamaban Nine por ser la mayor de nueve hermanos.

Nine vivía sola desde hacía mucho rato; nunca se casó y menos tuvo hijos. Así que se quedó con la casa de sus difuntos padres, con el consentimiento de sus ocho hermanos. De ahí que siempre iba un señor bastante viejo a cortar la maleza, a quien Nine le pagaba con un plato de comida. Los niños inventaban que era el novio y que se trataba seguramente de un amor a escondidas.

Ahora bien, con todo el aspecto inquietante que poseía la tía abuela, Nine era de todo menos una bruja, como ellos creían al principio. No solo era una persona dulce, sino paciente y bromista. A veces soltaba su larga cabellera, hedionda a vinagre, y correteaba a los niños con un cuchillo y una gallina degollada... Y esa risa... ¡Ay, Dios, esa risa!... Hacía gritar más a los chicos y se detenía solo cuando ya veía que estaban a punto de llorar; ahí mismo se transfiguraba en la abuela cariñosa que ya conocían. No más era hablarles y les volvía el alma al cuerpo.

Dicho esto, ahora sí les cuento lo que pasó: fue un martes 13 allá por el año 1988.

Estaban Juan Camilo y su hermana Iris mirando la tele a escondidas de Nine, mientras esta se encontraba en una habitación contigua.

Por una rayita de la cortina espiaba Juan Camilo a la tía para ver qué tanto hacía, mientras a su vez veía la novela de lejos y le cantaba la zona a su hermana, por si veía que la tía se persignaba: era momento de avisar a Iris para apagar la TV antes de siquiera la tía pudiera ponerse de pie.

Quién sabe por qué oraba todas las noches —pensó Juan Camilo—, a saber si era por la paz de las almas de los allí presentes o simplemente haciendo petición por providencia divina.

Ese era el día a día de Nine: de velorio en velorio todas las noches y, de allí, volver a la casa a rezar por un buen rato, después, claro, de haber visto la novela.

Una semana tenían desde que llegaron y ya habían ido a seis velorios, en su mayoría parientes lejanos. Ya fastidiados de la rutina nocturna de la tía, le pidieron en súplicas que no los llevara esa noche a otro velorio más. La tía Nine dudaba, pero Juan Camilo, como era el mayor, se comprometió a cuidar bien a su hermana y que, después de terminada la novela, se acostarían ahí mismito... Hasta lo prometió.

La tía, como era tan ingenua y bondadosa, se apiadó de los niños y decidió creerles; así mismo se emperifolló y se fue a su cita con el más allá.

Eso pasó en Semana Santa, cuando Juan Camilo e Iris se quedaron solitos en una casa en medio de la nada, aunque claro está, tenían vecinos, solo que el terreno realmente era bastante extenso; debía haber tenido como dos o tres hectáreas. Para llegar del portón principal a la casa, los chicos habían contado más de 1000 pasos y perdieron la cuenta, así que es probable que hayan sido más.

La casa era, digamos, de tamaño normal, pero cada espacio era amplio; equivalían como a dos habitaciones en una. De hecho, en la habitación principal había: una cama matrimonial, un escaparate de tres puertas, una mesa de ocho puestos, un televisor de esos antiguos pero pequeño, en donde todo se veía aún en blanco y negro.

En fin, esa habitación tenía de todo y sobraba espacio; mas, sin embargo, nadie dormía allí, sino en un cuartico adjunto a este, separado por una cortina, en donde había tres camas: otra matrimonial en donde dormían Juan Camilo y su hermana, y dos más pequeñas tipo catre, una enfrente de la otra, frente al altar en donde yacen doce retratos en color sepia y las mismas ocho velas que se encendían cada noche y que, al parecer, nunca se consumían.

Finalmente solos, Juan Camilo aprovechó la oportunidad y convenció a su hermana de ver películas de terror en vez de novelas, que como era martes trece, era natural ver películas de ese tipo y no muñequitos, y menos gente llorando y suplicando amor sin ningún tipo de vergüenza.

Iris accedió y ambos, metidos bajo las sábanas, se armaron de valor para ver el súper estreno Los muertos vivientes.

Juan Camilo, tan grandote, prácticamente se la pasó con las manos puestas en los ojos; ahí medio veía por un espacio que dejaba entrever sus dedos. En cambio Iris se reía de los absurdos efectos especiales y de ver a la gente corriendo despavorida porque los muertos querían comerles el cerebro.

A casi terminada la película, Juan comenzó a sentir unos retorcijones en el estómago y le urgía realmente ir al baño, así que dejó a Iris sola y, sorteando los grillos y los sapos, llegó a la puerta de este y sin más demora se bajó los pantalones, se sentó de prisa, soltó los primeros detonantes producto de unas lentejas con arroz que había digerido desde el mediodía, y allí se quedó hasta estar seguro de que no volvería (al menos no esa noche).

Los segundos se volvieron minutos, y los minutos... ¡más minutos! No había pasado mucho, pero para Juan era una eternidad. Cada vez que creía que había terminado, se paraba para limpiarse, pero ahí mismo le volvían los retorcijones y se sentaba de nuevo. Así que no le quedó más remedio que relajarse y disfrutar del proceso.

Se le dio por mirar y detallar lo que estaba a su alrededor. Era un baño bastante pintoresco: estaba hecho de bloques rojos por dentro, mientras que por fuera se veía de cemento; la puerta y el techo eran de zinc, y lejos de tener un picaporte tenía un alambre que se sujetaba a un clavo. No había bombilla adentro, así que todo lo divisaba con la luz del porche que se filtraba por la puerta, que no llegaba hasta arriba y tenía ranuras por todas partes.

Allí solo había lo que se suponía era un inodoro (letrina), hecha de cemento y que parecía otro bloque más, pero con una ranura en el medio. Ah... y otra cosa más: un alambre pegado a la pared, a nivel de sus rodillas.

—¿Para qué será esto? —pensó el niño.

Como no encontró respuesta, puso especial atención en el sonido que se originaba cuando lo que expulsaba de sus tripas se estrellaba al llegar al fondo.

Comenzó a hacerse más preguntas: ¿qué pasaría si no me apoyara de cada lado de la letrina?... Con lo flaco que soy, seguro caería sin dificultad... Luego pensó mejor: —No, mi cabeza no lo permitiría... Qué bueno soy cabezón —, Y se rió de alivio.

—Para Iris sí que sería un peligro... es más pequeña, más flaca y con la cabeza en forma de vela... ella sí no podría sentarse así como yo... debe ser por eso que Nine le puso un orinal junto a su cama—. De nuevo se rió por su ocurrencia.

Un ruido lo sacó de su letargo. Apretó las rodillas por reflejo y dijo:

—¡Mierda, es una bruja!

El ruido provenía por la parte de atrás del rancho, justo detrás de los chiqueros. Se persignó y, con ojos aguados, prometió portarse bien a partir de ese momento.

Afinó sus radares e intuyó que los ruidos eran pasos... pasos a través del pasto, del monte, de la tierra...

Juan sintió como su corazón se detenía (y sus intestinos también). Se quedó petrificado al ver por las grietas de la puerta a tres sombras moviéndose lentamente y emitiendo ruidos inaudibles...

—¡Son zombis! —pensó.

“Ya sabía yo que la tía abuela tenía algo escondido atrás de las porquerizas... Seguro allí hay un cementerio indio”.

Las siluetas se dirigían hacia la puerta principal y el niño pensó de nuevo:

<<Iris>>

—Tengo que salir como sea—.

Y en cuestión de segundos, mil cosas pasaban por su cabeza... ¿Cómo hacer? ¿Qué hacer?

Si él era tan solo un niño, y de paso flaco y bien chaparro para su edad.

Y a juzgar por las siluetas, aquellos zombis lo debían superar en tamaño y peso (y obviamente en edad).

Todo esto pasaba por la cabeza del niño mientras ya habían traspasado la entrada.

Camilo decidió agarrar coraje y salir en pos de su hermana, pero olvidó que debía limpiarse primero. Miró a su alrededor y no vio papel por ninguna parte. Fue allí que recordó para qué coño servía el fulano alambre.

Igual, y así, con el culo lleno de excremento, se dispuso a salir; no sin antes subirse el pantalón por delante, dejando expuesto su trasero.

Un grito ensordecedor proveniente del interior de la casa hizo que los intrusos apuraran el paso.

Pero él ya había decidido enfrentarlos.

Se untó las manos de lo que aún le quedaba y se abalanzó a embarrar a los perpetradores.

El olor era tan repugnante que uno de ellos gritó:

—¿Qué mierda es esto?

Los otros, por ser mudos, no respondieron.

Juan Camilo reaccionó:

—Carajo... no son zombis... Bueno, igual ya me embarré las manos... no seré el único.

Los falsos zombis salieron corriendo como podían, pero estaban tan ebrios que eran torpes: se caían y entre ellos mismos se ayudaban a levantarse.

Atrás, Camilo, con las manos embarradas, decidido a darles una lección.

Cuando llegaron al portón principal, no pudieron treparlo rápidamente, así que el único que podía hablar suplicó que no los embarrara. Prometían no volver jamás a la casa de la tía.

A Juan no le quedó más remedio que perdonarlos. Al fin de cuentas, eran solo unos muchachos... y estaban bien borrachos.

Después de asegurarse de que los muchachos ya estaban del otro lado, Juan Camilo pegó la vuelta hacia la casa cuando escuchó el cerrojo.


Era la tía Nine, llegando por fin del velorio.

Se disculpó por la hora y dijo:

— Que es que al muerto lo habían llevado tarde.

Pero enseguida preguntó:

—¿Y tú qué haces aquí tan tarde?

Juan Camilo se despepitó a contarle lo sucedido, pero la tía no le creyó.

Él insistía:

—Tía, tú tuviste que habértelos topado... no más brincaron el portón, tú llegaste.

—Ay, mijito —dijo la tía, riéndose—. Si en el portón no había nadie. Deje de ser tan inventor... lo único cierto es que hueles a mierda. Entre, que voy a darle un baño con tusa de pies a cabeza.

Y soltó una carcajada... algo espeluznante.


Sandra Koenen 
Martes, 24 marzo 2026

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