El otro hermano de Miki


Ana tenía dos hermanas:
Lea, la mayor, responsable y calmada; 
Raquel, la menor, coqueta y rebelde.
Ana era distraída, insegura e inteligente. Le gustaba leer, dibujar, cantar pero no necesariamente estudiar.

En su casa era una chica bastante normal,  
Se llevaba bastante bien con sus hermanos y hermanas. En la escuela, tenía un círculo muy cerrado de amigos, se podría decir que era sociable, sin ser extrovertida. 

Llegó el nuevo año escolar y, con él, nuevos compañeros de clase. Entre ellos, un chico con el cabello rojo, llamado Luis Miguel, a quien cariñosamente le llamaban Miki.

Miki era alto, atlético, extrovertido y espontáneo. También era buen estudiante y tenía muchos hermanos, al igual que Ana.
Miki se había vuelto la sensación del último año de bachillerato. Se la pasaba de salón en salón dándose a conocer con las chicas más lindas de la escuela, pero era Ana quien le intrigaba. No sólo le bastó ser su compañero de clase, sino que Miki se introdujo en el pequeño círculo de Ana, compuesto por Débora la gorda, Esther la centrada, Ruth la caballota e Isabel, quién era la más pequeña en tamaño y edad.

Lo que hizo que Miki se colara en ese pequeño grupo fue que ninguna, sin excepción, le prestaba atención. Lo veían como un chico más del montón… Sí, era guapo, atlético y popular, pero ninguna de ellas tenía un interés particular por él; cada una, de por sí, tenía sus propios intereses.
Débora solo pensaba en la hora del receso
Esther en graduarse,
Ruth llevaba años enamorada del mismo zopenco; Isabel en estudiar y divertirse  al mismo tiempo. Ana soñaba con viajar a todas partes del mundo y así conocer al amor de su vida.Y aunque Miki no le era indiferente no sé sentía tan bonita como para salir con un chico de su tipo. 

Todo iba normal en las clases y, un día, Miki invitó a las chicas a reunirse en su casa para hacer un trabajo de grupo. Todas fueron menos Isabel, que vivía más lejos. Ana y Esther vivían en la calle contigua; Débora y Ruth vivían más cerca del colegio. Así que llegaron juntas.

Tras un rato trabajando en el proyecto, comenzaron a llegar los hermanos de Miki.
El primero en llegar fue Saúl, el mayor: joven de buen porte, atlético, simpático e inteligente; derrochaba encanto y masculinidad.
Minutos después llegó David, joven de buen parecido y con un exquisito gusto para vestir; altivo, pero interesante. Apenas saludó y se encerró en su habitación.

Con ese cóctel de bienvenida, las chicas no paraban de reír entusiasmadas.
Era un desfile de galanes y ellas estaban en primera fila.

En eso llegó Jonatan, y a las chicas casi se les salen los ojos de las órbitas. Pero Jonatan no era un hermano de Miki, sino un tío joven moreno, fornido que, al igual que todos, tenía muy buen parecido.

—¿Faltó alguien más? —preguntó Esther de forma pícara.

Miki, sin entender la intención de la pregunta, respondió con total naturalidad:
—Sí, falta Goliat…  pero ese quizás llegue más tarde... o quizá no! 

Todas rieron, al ver que Miki, no entendió la intención de la pregunta de su compañera.

Las chicas cuchucheaban sobre los chicos de la casa, pero Ana no prestó atención como las demás. No es que le interesaran mucho los estudios, es que le urgía aprobar esa materia.
Además, que, para Ana su tipo ideal debía ser como los príncipes de cuentos de hadas, de esos que tienen el cabello y los ojos claros… y, hasta ahora, todos los presentes eran chicos normales de cabello y ojos marrones.

Una hora después, la puerta principal se abrió de golpe; detrás, un alboroto, reclamos…
Entró Goliat en escena.

Las chicas lo miraron preguntándose: ¿y este quién es?

Miki, como leyendo sus pensamientos, dijo:
—Chicas, conozcan a Goliat, el segundo en la sucesión al trono.

Todas rieron, pero no por lo del "trono", sino porque Goliat rompía con toda la armoniosa estética que habían disfrutado hasta ahora: un desfile de músculos, testosterona, gomina y clase. Mientras que el recién llegado entró con desparpajo, peleando con la mamá que lo seguía más atrás. Vestía unos jeans y una chemise verde oliva; el cabello largo y desordenado, oliendo a cigarrillo y con evidencias de que venía del mecánico o más bien... como que era él el mecánico.
Y a diferencia de sus hermanos, Goliat carecía de porte atlético, de estatura y de títulos. Tenía, sí, unos kilitos de más y el cabello en rulos.

Todas se taparon la boca para disimular la risa.
Más Ana no. Para Ana había llegado un Adonis, aunque no se pareciera en nada a lo que había estado soñando desde los ocho años. Pero apenas al entrar, Ana lo miró de arriba abajo y se dijo: tiene potencial.

Goliat trató de ser sociable, aunque le costaba, forzado más por su madre a mantener los buenos modales.

Después de eso pasó cerca de una hora. La madre de Miki invitó a las chicas a tomar una merienda junto a ella y sus hijos.
Las chicas, ni cortas ni perezosas, aceptaron, y así todos se sentaron a compartir en una larga mesa llena de bocadillos dulces que acompañados de café con leche.

Saúl y David se sentaron frente a las amigas de Ana; esta, justo al frente de Miki, quien se ubicó así para seguirla molestando.
La mamá de los jóvenes en la cabecera, y en el otro extremo dos puesto vacío. Ana notó que Goliat no se acercó a compartir junto a ellos. En eso, la mamá de los muchachos preguntó qué pasó con Goliat y Jonathan, que no estaba allí.
David, que fue el último en sentarse, dijo:
—Acaban de irse dizque a comprar más pan.

La mamá no supo disimular la molestia, pero igual dio señales a la criada para que sirviera.
Así pasaron una tarde agradable las chicas en casa de Miki, junto a esos príncipes y la mamá, tan divina, les pareció toda una reina.

Ya de salida, estaban llegando Goliat junto a su tío y, hecho curioso, había una mona en el hombro izquierdo de Goliat.
Como es de costumbre acá, la gente se despide con un beso en la mejilla, no importa si es o no familiar.
Así fue como, una por una, fueron repartiendo besos por doquier y recibiéndolos, entre sonrojos y risas.
De allí que, cuando le tocó el turno a Ana de despedirse de Goliat, la mona pegó un brinco del hombro de este, se posó en su mano derecha y la mordió justo en la muñeca. Fue apenitas, no más, pero todos los presentes quedaron sorprendidos al ver que solo la mona atacó a Ana.
Así que empezaron a sacar conjeturas, algunas algo vergonzosas, mientras Ana se ponía colorada y el mismo Goliat también, quien calló a todos con puñetazos para que dejaran de molestarle con bobadas.
Así pasaron los días y semanas. Antes, Ana nunca había visto a Goliat por el barrio; ahora se lo encontraba a cada rato. Era tan introvertida que apenas lo veía, y él, como buen zorro, la miraba fijamente para que se le descompusiera la cervical y se le desbaratara el andar.
Miki era el único que no estaba muy contento con esta dinámica. No se sabía si porque realmente le preocupaba Ana, ya que su hermano Goliat no disfrutaba de buena reputación… o porque también le gustaba su amiga.
Llevaba rato tratando de llamar su atención; le gustaba molestarla y más le gustaba cuando ella lo ignoraba.
A las demás chicas del grupo les gustaba elogiarlo, tocarle los brazos y el abdomen y, una vez, por andar de payaso, se metió en el baño de las chicas y estas, en venganza, lo sometieron entre todas y le bajaron los pantalones para dejar al descubierto que aún usaba calzoncillos de superhéroes.
Ana fue parte del complot, pero lo que no se esperaba era que sus amigas la traicionaran. Así que, después de haberlas ayudado a ejecutar el plan de dejarlo en calzones, la empujaron también, dejándola encerrada en un cubículo del baño junto al chico sin pantalones… bueno, con los pantalones por los tobillos.

Miki no cabía de pena, pero encontraba todo aquello divertido. A Ana se le borró la risa y se trepó al inodoro para saltar al baño contiguo y dejar a Miki solo.

Las amigas, al ver la destreza de Ana, salieron despavoridas; sabían que tomaría represalias.

¿Y Miki?

Miki se quedó solo, aún con los pantalones en los tobillos, esperando a que llegara su fiel secuaz a rescatarlo. Isabel era quien siempre socorría a Miki después de alguna maldad hecha por sus amigas.


Y así se la pasaban los días en el colegio. De broma en broma, siempre era Miki contra las chicas, Isabel jugando en los dos bandos y Ana siendo víctima también ahora de sus propias compañeras.

Ya en el barrio, se había vuelto rutina ver a Goliat en su Wagoneer, pasando casi todos los mediodías o también por las tardes.

A veces hasta se bajaba de su flamante auto para compartir cigarrillos con los chicos de la misma calle de Ana.

Un día, Ana iba bajando tarde al colegio. Ese día entraban más tarde de lo habitual y, aun así, iba tarde.

Se topó de frente con la esquina en forma V que separa su calle con la calle de Miki, cuando observó que en el fondo se acercaba una camioneta parecida a la de Goliat.
Se emocionó y apuró el paso.

Ese día había un evento especial en la escuela, después de clases, y los estudiantes podían ir como quisieran siempre y cuando fuese con decoro.

Ana se había arreglado como nunca; iba bien peinadita, se colocó unos lindos aretes y algo de maquillaje. Se puso un pantalón blanco de mezclilla y unos taconcitos altos que la hacían ver más alta y atractiva.

Goliat también la había notado a lo lejos. Pensó que, como iba solo, era el momento apropiado para proponerle llevarla al colegio, así que bajó la velocidad del automóvil para que el encuentro no se viera forzado. Se preocupó más por parecer relajado así que le subió la música al estéreo.

Ana solo quería que Goliat viera lo bonita que estaba. Que viera que ella podía lucir igual o más bonita que otras chicas del barrio. En su mente no pasaba otra cosa.

Llegando casi al mismo punto de encuentro, había una fila de autos aparcados en toda la calle, justo en el lado por donde ella bajaba y que presentaban un obstáculo para mostrar su debut. Y para que ese detalle no le arruinara el momento, Ana aceleró aún más el andar olvidando que andaba en tacones y que de paso iba en bajada.

Solo faltaban cinco… Cinco.

Solo debía traspasar cinco automóviles más y ahí quedaba el espacio desocupado, abierto especialmente para ella, para que, al ritmo de la música que provenía del auto de él, le diera la entrada ideal para que Ana se moviera con tal gracia y soltura que nadie que la viera sabría si era ella o una modelo de pasarela profesional.

Oh —diría la gente al verla caminar—: ¿es una modelo?, ¿será Claudia Schiffer?… No, ¡es Cindy Crawford!
Ana se rió de sí misma por sus pensamientos.

Llegó la oportunidad de que los autos allí aparcados, los árboles y las casas, algunos pájaros quizás y, sin duda, muchas hormigas, serían testigos del nacimiento de una estrella… Pero lo más importante era la oportunidad de demostrarle a Goliat que ella no era ninguna nena.

Todo se manejaba como en cámara lenta. Goliat avanzaba en su camioneta a 0 km por hora, esperando el momento oportuno de ofrecerle el aventón.

Faltaban dos autos más… y listo.

Y, mientras se acercaba al estrellato, Ana, sin darse cuenta, pisó una tapa de lata que estaba tirada en el pavimento y, como llevaba zapatos de tacón, ahí mismo se resbaló, dejando medio cuerpo debajo del último auto.

Qué vergüenza.

Ana no se repuso en el acto; sí, que se compuso, pero se mantuvo agachada, escondida detrás del auto, esperando nada más a que Goliat finalmente pasara.

Este sacaba la cabeza del auto como buscándola. Ana se pegó como calcomanía a la puerta, esperando a que él no se diera cuenta de lo que acababa de pasar.

Mientras tanto, y como es costumbre en casi todo tipo de accidentes, a Ana se le salió uno de los tacones, que terminó expuesto en donde se suponía haría su presentación.

A Goliat no le quedó más remedio que avanzar, suponiendo para sí que Ana se le había escondido a propósito, sin saber que ella estaba oculta detrás de un auto, sollozando por el carajazo que se dio en la caída, por su pantalón blanco lleno de grasa de motor y sus zapatos, de los cuales uno ya había perdido el tacón.

A la pobre Ana no le quedó otra más que guardarse esta anécdota vergonzosa de por vida. Sus amigas nunca supieron por qué Ana no fue aquel día.

Cuando se sintió segura de que Goliat ya se había marchado, se levantó con ayuda del retrovisor del auto, fue a buscar el tacón expuesto y, así mismo, se volteó en dirección a su casa, cojeando. Se había golpeado duro una rodilla y el codo de ese mismo lado.

Al llegar a la casa, la mamá le abrió y, al verla así, vuelta nada, con los pantalones manchados, el pelo desgreñado y con rastro de sangre en el brazo, angustiada le preguntó:
—Mijita, ¿qué te pasó?
—Me acaba de arrollar un auto.
La mamá se puso las manos en la cabeza y exclamó:
—¡Ay, mi Dios!
Ana dijo:
—Mamá, cálmate… Ya sabes cómo soy, el auto estaba parqueado.
Dicho esto, se retiró, cerrando la puerta con cerrojo detrás de ella.


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